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miércoles, 1 de febrero de 2012

Cuentacuentos (37)

Frase de… ¡MI FRASE! :D
Continuación de Cuentacuentos (35) y Cuentacuentos (36)

- No pienses que te voy a pedir perdón, porque no lo haré.
- Ethan, el plan era traerla aquí. No sé qué es tan complicado.
- ¿Por qué tenemos que hacer esto? ¿No podemos dejarla en paz? No recuerda nada…
- De momento hijo, de momento.
- No voy a seguir con esto, no me parece justo.
- No me digas que te has enamorado de ella… Muy tierno Ethan, pero muy poco práctico.

Ethan pensaba en los últimos meses, cómo su madre había encontrado a Violet y le había pedido seducirla. ¿Qué quería de ella? Prefería no preguntárselo, sabía que su madre escondía algo, pero vivía más tranquilo sin saber de qué se trataba concretamente. Pero ahora era distinto, había aprendido a querer a Violet y no podía dejar que nadie le hiciera daño.

- La protegeré de ti, no se merece esto.
- Haré lo que tenga que hacer, lo sabes.
- Me da igual, madre.

No era cierto, hasta ese momento creyó que podría hacer que su madre entrara en razón. ¿Qué era eso tan horrible? Estaba confuso, no quería traicionar a su madre. Nunca le había llevado la contraria. Por otra parte, Violet no tenía culpa de nada, y ni siquiera recordaba lo ocurrido, fuera lo que fuera. Estaba decidido a ayudarla, aunque eso supusiera enfrentarse a su madre.

- ¿Ah, sí? ¿Crees que puedes hacer algo por ella? Inocente…
- ¿Y qué piensas hacer para impedirlo?
- Lo que haga falta.
- ¿Por qué es tan importante para ti?
- ¿No te das cuenta? Ella puede cambiarlo todo.
- ¿Cómo? No entiendo nada.
- No es asunto tuyo.
- Nunca pisará esta casa.
- Eso te crees tú.
- No lo permitiré.
- Muy bien Ethan, no me dejas otra opción.

Ethan miró a su madre horrorizado, como si en ese momento hubiera visto todo lo que estaba a punto de ocurrir. Su madre le miró fijamente y pronunció unas palabras que no fue capaz de identificar pero que, curiosamente, le resultaron extrañamente familiares. A continuación, notó cómo sus pies se despegaban del suelo, levantándolo unos centímetros en el aire. Quiso gritar, pero no pudo. Quiso salir corriendo, pero estaba paralizado. Tan sólo unos segundos más tarde, caía escaleras abajo, sin poder hacer nada por remediarlo.

[…]

Violet entró en el salón con lágrimas en los ojos.

- Diane, ¿qué ha pasado? ¿Cómo…?
- Violet… - contestó con apenas un hilo de voz – Aún no me lo creo, llegué del jardín y lo encontré ahí tirado... No sé, no pude, no… - y rompió a llorar.

Violet se sentía culpable, en su interior sabía que la muerte de Ethan había sido una amenaza. Ahora estaba decidida a descubrir quién iba tras ella, no permitiría que nadie más sufriera. Abrazó a Diane y le susurró al oído:

- No te preocupes, encontraremos a quien ha hecho esto, te lo prometo.

Continuará...

martes, 24 de enero de 2012

Cuentacuentos (36)

Frase de Sechat.
Continuación de Cuentacuentos (35)

“Hay vergüenzas que un hombre debería llevarse a la tumba, pero no va a ser mi caso. Nunca te dijimos la verdad, aunque probablemente hayas sospechado algo. Sé cómo te has sentido todos estos años y mereces una explicación.

Por muchas vueltas que le doy, no hay un modo fácil de contarte esto. Sólo espero que algún día entiendas que, si no lo has sabido antes, es porque te queríamos y nos preocupábamos por ti. Realmente no eres hija nuestra, aunque te criamos y te quisimos como si lo fueras. Sé que apenas recuerdas tus primeros años, y hay una razón para ello. Siento no poder explicártelo ahora, pronto lo averiguarás.

Espero que algún día llegues a entender por qué te ocultamos la verdad. De hecho sé que lo comprenderás, te lo prometo. Ahora no puedes fiarte de nadie, sólo debes tener paciencia e intentar recordar. Sobre todo ten mucho cuidado, ahora que ni tu madre ni yo estamos contigo te estarán buscando.

Ya no puedo protegerte, pero sé que conseguirás vencerles. Asegúrate de que nadie más lee esta carta, destrúyela en cuanto la leas, mereces saber la verdad pero no quiero ponerte en peligro. Debes confiar en mí, me siento tu padre y te quiero. Nunca olvides eso.”
Violet no podía creérselo, toda su vida había sido una gran mentira. La rabia se apoderó de ella, no podía derramar una lágrima más. Llevaba dos días llorando la muerte de su padre, y ahora no sabía cómo sentirse. ¿Era verdad lo que decía la carta? ¿Estaba en peligro? ¿Por qué?

Hasta entonces no había reunido el valor suficiente para entrar al despacho de su padre y recoger sus cosas. Él sabía que tarde o temprano iría allí, sabía que se sentaría en su sillón, frente a la chimenea, y que hojearía precisamente ese libro. Él sabía que encontraría su carta. ¿De quién intentaba protegerla?

- Violet, ¿todo bien? – le preguntó su novio asomando su cabeza por la puerta del despacho.

- Sí, no te preocupes Ethan.

- ¿Y esa carta? ¿Era de tu padre?

- No, sólo son unas notas viejas, nada que merezca la pena conservar – y tiró la carta a la chimenea.

Ethan sonrió y, con un gesto de sus brazos, le indicó que debían irse. Violet asintió, dejó el libro sobre la mesa y salió del despacho tras Ethan.

Continuará…

martes, 17 de enero de 2012

Cuentacuentos (35)

Frase de Roc.
Reto: Frase al final del relato.

Había sido un día muy largo. El pequeño Alex había estado especialmente insoportable desde por la mañana, pero se acercaba el peor momento del día: la cena.

Violet sabía que cuidar de ese demonio disfrazado de niño de siete años no era el trabajo de su vida, pero se vio obligada a aceptarlo. Esperaba poder encontrar algo mejor en unos meses, pero aún no había decidido qué. Tenía la sensación de no encajar en ningún sitio y dejaba pasar el tiempo intentando descubrir su verdadera vocación.

La madre de Alex le había dejado acelgas para la cena. “Qué maja,” – pensó – “como no se las tiene que dar ella…”. Y es que si había algo que Alex odiaba de verdad eran las acelgas. Las odiaba con toda su alma. No podía ni verlas.

Violet miró el reloj, llegaba la hora de la cena. Se armó de valor, buscó la poca paciencia que le quedaba, y exclamó:

- Alex, ¡a cenar!

- Por fin. ¡Me muero de hambre! – Entonces, vio el plato sobre la mesa – Pero qué asco, eso no será para mí, ¿no?

- Claro que sí, es lo que ha dejado tu madre.

- Pues no lo quiero, hazme otra cosa.

- Tienes que comértelas, ya lo sabes.

- Pues no me da la gana, cómetelas tú.

La discusión siguió un par de minutos, pero Violet sabía que llevaba todas las de perder si seguía por ese camino. De repente, se quedó callada un instante pensando la mejor forma de engañar a Alex.

- Bueno, entonces… ¿qué me vas a hacer para cenar?

- ¿Sabes qué? No te las comas, me da igual, es tu problema.

- Le voy a decir a mamá que me dejas no comer acelgas.

- Como quieras, pero el que te arriesgas eres tú.

- A mí igual me castiga, pero a ti seguro que te echa. ¿Quieres que te eche? Qué tonta…

- No sabes lo que les pasa a los niños que no se comen las acelgas, ¿verdad?

- Uy sí, qué miedo…

- Pues una vez, una niña no se comió las acelgas para cenar y…

- ¿Y qué?

- Pues que se quedó sin cenar. Pero eso no tiene nada que ver, los problemas vinieron por la noche, cuando estaba en su cama.

- Sí claro, el monstruo de las acelgas vino y se la comió. No creo en los monstruos, ya soy mayor, ¿sabes?

- No, un monstruo no. Pero, cuando se estaba quedando dormida, oyó un ruido al fondo del pasillo. Tenía miedo, así que escondió su cabecita bajo las sábanas y cerró los ojos muy fuerte para intentar dormirse pronto.

- Eso también lo hacía yo de pequeño, y nunca pasaba nada. Me dormía y al día siguiente todo estaba normal.

- Pues ella no se pudo dormir, porque alguien la cogió en cuello y se la llevó. No pudo ver quién, la sábana tapaba su cara…

- Sí claro…

- …y la sacaron de su casa, lo supo porque hacía frío y podía oír el ruido del viento entre los árboles, y tenía miedo, quería gritar y llamar a su mamá, pero no podía hablar, – Violet seguía hablando, cada vez más rápido y ajena a las burlas de Alex, como si no pudiera escucharle, como si no pudiera callarse – y escuchó a gente hablar en otro idioma, algo que no había escuchado nunca, algo que le daba más miedo que el que había sentido antes, algo que…

- ¡Cállate! – gritó Alex llorando desconsoladamente – Va a venir mamá y te va a echar por contarme esas cosas, eres mala, eres tonta, y a mí eso no me va a pasar porque mamá y papá me van a cuidar. ¡Tonta!

Violet reaccionó de repente. Con el grito de Alex salió de su trance y empezó a pensar. ¿De dónde había sacado esa historia? Nunca la había oído y, aun así, le resultaba extrañamente familiar. ¿Un recuerdo tal vez? No podía ser. Un escalofrío recorrió su espalda.

Miró a Alex y pudo ver que el miedo se había apoderado de él. A pesar de todo, tan solo era un niño pequeño aterrado por la historia que acababa de oír. ¿Cómo podía ser tan cruel con él? Decidió mentirle y hacerle creer que se lo había inventado, así Alex cenaría tranquilo y se iría a dormir:

- No llores, era sólo una historia para que te comieras las acelgas.

- ¿Continuará? -

miércoles, 11 de enero de 2012

Cuentacuentos (34)

Frase de Angelical.

Abrió la puerta muy despacio y contuvo la respiración. Lo hizo para no perder los nervios, pues los niños seguían a lo suyo.

Se acercó a la mesa donde estaban ellos y nada cambió. Nada, como si ella no estuviera allí. Seguían hablando, discutiendo quién era amigo de quién y qué deberes había puesto la profe ese día.

- Pero yo esos no los tengo que hacer porque ya los hice antes.

- Pues no los hiciste bien porque dijo que copiaras los enunciados en la libreta y lo hiciste mal.

- ¿Y a ti qué más te da cómo los hice yo? No es tu problema, déjame.

Cuando consiguió que trabajaran en silencio, se sentó en su mesa y empezó a preparar las fichas que harían luego. Pero no debió confiarse. Levantó la mirada y vio cómo las mesas habían cambiado de lugar.

- ¿Qué os he dicho de las mesas? No las mováis, que luego me toca colocarlo todo antes de irme.

Unos volvieron a colocar bien las mesas. Los demás reían la gracia de sus compañeros.

Un par de minutos más tarde, empezó a oír un ruido. Miró a los niños, parecía que no pasaba nada. Parecía. Dos niñas, que se supone que eran amigas, se estaban dando patadas por debajo de la mesa. Al darse cuenta de que la profesora las veía, no pararon, sólo se quejaban la una de la otra.

- Pero mira profe, ¡si es ella la que empieza!

- No seas mentirosa. Profe, yo no soy, pero si ella me pega me tengo que defender.

Acabó separándolas. No era la mejor solución, pero no le apetecía seguir intentando convencerlas. Le dolía la cabeza.

- Profe…

- ¿Sí?

- ¿Hoy no vamos a jugar a nada como el otro día?

“Sí claro”, pensó la profesora, “con lo bien que os estáis portando hoy como para dejaros jugar”.

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Por suerte, mis niños del cole no son siempre así, aunque a veces se parecen bastante a los de la "historia". Menos mal que son sólo dos tardes a la semana... Si no, ellos me odiarían y yo probablemente me volvería loca. :)

lunes, 2 de enero de 2012

Cuentacuentos (33)

Frase de Níobe.

Ese gato tiene razón y la ha tenido siempre. Ya desde el primer día te miraba raro, y a mí me gustaba imaginar lo que pasaba por su cabecita. Me he pasado horas y horas mirando sus fieros ojos, intentando averiguar sus pensamientos.

Un día quisiste sorprenderme, y me llevaste a la protectora de animales. Buscando la mascota ideal, nos encontramos con él, escondido entre las patas de una silla, y me enamoré de él. Te alegraste de que quisiera un gato, nunca te han gustado los perros. Nos lo trajimos a casa y, desde entonces, he pasado casi más tiempo con él que contigo.

Ahora puedo decirte que no lo pensaste bien, me lo regalaste como un juguete porque querías tenerme entretenida, pero pronto se convirtió en un buen amigo y, poco a poco, en una verdadera inspiración. Solamente con mirarle sabía que no estaba sola, parece increíble que lo que para ti era un simple gato significara tanto para mí.

Le llamé Pako. Para ti era un nombre estúpido para un gato. Dejé que lo creyeras, dejé que te rieras de mí por ponerle al gato el nombre de tu tío el del pueblo, dejé que no vieras lo que has tenido delante todo el tiempo. Ni siquiera ahora te das cuenta de tu error, ¿verdad?

Te lo he dicho y te lo repito, ese gato tiene razón. Siempre lo ha sabido todo de ti, y no sólo por lo que ha tenido que presenciar, lo supo incluso antes de conocerte. Recuerdo sus enormes ojos color miel clavados en ti el día que fuimos a la protectora, en ese momento supe que tenía que ser él y ningún otro.

Sé que no te has percatado, pero ese gato ha sido mi salvación. Todos los días, cuando te marchabas de casa para ir a trabajar, Pako esperaba pacientemente unos segundos hasta que oía la llave girar en la cerradura. Entonces, venía a la habitación y, de un salto, se subía a la cama y se acurrucaba junto a mí. Era mi mejor amigo, mi único amigo.

Los días que habías salido con tus amigos, cuando os tomabais unas cuantas copas de más, esperaba a que el alcohol hiciera su efecto y te desplomaras en la cama hasta el día siguiente. Él maullaba para que fuera con él al salón, lamía mis manos y, aunque no te lo creas, conseguía que me sintiera mejor.

Hace tres días que Pako se fue, y tú ni siquiera lo has notado. Supongo que por fin ha hecho honor a su nombre, aunque para ti siga siendo una chorrada. De hecho, siempre te ha hecho gracia que estudiara idiomas, especialmente esos que, según tú mismo decías, no servían para nada.

Ahora ya es tarde, pero, si me hubieras escuchado alguna vez, sabrías por qué el gato se llamaba Pako, ya habrías entendido lo que intento decirte y no estarías en esta situación. Por suerte para mí, sólo eres un idiota que ha tenido demasiada buena suerte hasta ahora.

Y es que ese gato tiene razón, la única solución es dejarte, aunque signifique no saber qué pasará mañana. Cuando vi que Pako no volvía, comencé a perder la esperanza y pensé que todo volvería a ser como antes. Sin embargo, esta mañana algo cambió.

Te fuiste como cada día dando un fuerte portazo. Después, como siempre, oí que volvías a introducir la llave en la cerradura y, tres vueltas después, la sacaste para irte a trabajar. De repente, me pareció escuchar un maullido. Pensé que me había vuelto loca, pero ahí estaba Pako, en el balcón, golpeando el cristal con su patita.

Resulta irónico que tú me hayas regalado a Pako porque, desde ese momento, supe que algún día él me ayudaría a escapar de ti. De hecho, ‘Pako’ significa ‘huida’ o ‘fuga’ en finlandés. Incluso ‘Paco’, que tan ridículo te parecía para un gato, viene de ‘Francisco’, cuyo significado es ‘libre’. Lo sabrías si te hubieras molestado en leer esos libros que creías inofensivos y comprabas para tenerme entretenida, pero que, al igual que el gato, han servido para que me libre de ti.

Ahora Pako ha hecho honor a su nombre y me ha inspirado para hacer lo mismo con el mío. No sé qué será de ti, y no me importa. Tampoco me preocupa qué pasará conmigo, nada puede ser peor que tú. Adiós.

- Victoria -

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martes, 27 de diciembre de 2011

Cuentacuentos (32)

Frase de Mundoyás.

Había luces tenues detrás de la puerta, que parecía entreabierta. Lo sabía porque había clavado sus ojos ahí, esperando poder escapar. Sin embargo, algo se lo impedía, no podía moverse ni hablar, estaba demasiado asustada. ¿Cómo había llegado allí?

Intentó rebuscar en su memoria algún detalle que pudiera explicar qué hacía en aquella oscura habitación. Repasó mentalmente lo que había hecho ese día con la esperanza de poder explicar su situación. Se había levantado temprano, como cada mañana, para ir a la oficina. Recordaba llegar al trabajo y sentarse frente al ordenador como todos los días. Nada parecía distinto, no comprendía qué había pasado.

Apenas habían transcurrido unos segundos desde que se percató de que estaba en ese cuarto, pero sentía que el tiempo se había parado para ella. En ese instante, se dio cuenta de que no era el miedo lo que la paralizaba. Alguien la tenía agarrada de la cintura fuertemente con su brazo derecho, por eso no podía moverse. Intentó gritar, pero esa misma persona apretaba con más fuerza si cabe su mano izquierda contra su boca. ¿Por qué estaba allí?

Un disparo. Sí, recordaba haber oído un disparo pero no lo que había pasado desde entonces. Empezó a preguntarse si eso era todo, si en cualquier momento otro disparo acabaría con su vida. Desde luego esa no era la idea que tenía en mente cuando decidió mudarse a esa ciudad.

“Shhh” ¿Por qué la mandaba callar? Si por más que lo intentaba no podía gritar, ¿qué sentido tenía pedir su silencio? Lo único que quería ahora es que, pasara lo que pasara, fuera rápido. No soportaba más la incertidumbre, quería que acabara ya. Deseó morir, sí, morir rápidamente para no seguir sintiendo lo que sentía.

Pensaba y pensaba, y cuanto más lo hacía, peor se sentía. Sabía que nadie la echaría en falta hasta que fuera demasiado tarde. Estaba segura, pues llevaba tres meses trabajando en esa oficina y no había hecho ni un solo amigo. Ni siquiera había conseguido una triste conversación frente a la máquina de café con ese chico que miraba embobada media mañana, mientras se supone que redactaba informes y revisaba facturas.

Oyó otro disparo, sólo que ahora no era un recuerdo y sonó realmente cerca. Notó como su captor la soltó rápidamente y la empujó hacia una esquina de la habitación, justo detrás de la puerta. Se giró, y lo único que vio fueron los ojos del hombre de sus sueños cerrarse, una herida de bala tras su hombro derecho y un enorme charco de sangre inundándolo todo.

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lunes, 19 de diciembre de 2011

Cuentacuentos (31)

Frase de Fernez.

Tenía la sensación de haber escuchado tantas veces esa canción que creía sabérsela de memoria. Sin embargo, a menudo se sorprendía escuchándola como si fuera la primera vez. Dependiendo de su estado de ánimo o situación, la letra parecía adquirir un significado completamente nuevo.

La mayor parte de los días, era una canción que le encantaba. Le hacía pensar en sus amigos. Casi instantáneamente, volvían a su mente infinidad de historias y aventuras vividas con todos ellos: los cafés a media tarde hablando de todo y de nada, las llamadas interminables, los viajes que habían hecho juntos, las bromas recurrentes y las historias que nadie más entendía, las noches de fiesta y los pequeños problemas que, lejos de separarlos, les habían unido más que nunca.

Otras veces había utilizado esa misma canción para aconsejar a sus amigos, especialmente si ya no sabía qué hacer o decir para que se sintieran mejor. Aún recordaba cómo, unos meses antes, le había dicho a una amiga que alguien que no está en los malos momentos no es un amigo. Prácticamente la había obligado a escuchar esa canción con ella para que sus palabras cobraran sentido. “No te preocupes por los que han desaparecido de tu vida ahora, porque no merecen tu amistad. En estas situaciones te das cuenta de quién es realmente tu amigo y quién no lo es. Es duro, pero te hace pensar, ¿no crees?” Su amiga asentía e intentaba sonreír. Sabía que lo que le decía era cierto, pero no por eso dolía menos.

Tristemente, esa canción no sólo le traía buenos recuerdos o le ayudaba a dar consejos. Había días que la letra parecía demasiado real, tanto que casi llegaba a odiarla. Y eso fue precisamente lo que ocurrió ese domingo lluvioso, cuando fue a visitarla y no supo reaccionar. No podía creerlo, ella era una de sus mejores amigas y sentía que tenía que estar ahí para ella pero, al mismo tiempo, sentía una tremenda impotencia al no saber qué decir, qué hacer o cómo ayudarla. Intentaba repetirse a sí misma que sólo con estar allí ya estaba haciendo mucho, pero esa idea no la consolaba.

Esa noche, cuando llegó a casa, sólo pensaba en escuchar esa canción. Quería volver a recordar los buenos momentos, quería el consejo que le había dado a su amiga meses atrás, quería olvidarse de lo inútil que se había sentido esa tarde y, sobre todo, quería poder ayudar a su amiga la próxima vez. Preparó un té, se acomodó en el sofá y empezó a escuchar…



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lunes, 12 de diciembre de 2011

Cuentacuentos (30)

Frase de Brian.

- No sabía que en la guerra hay monstruos más terribles que el hombre. Bueno, guerra, ya me entiendes…

Él sonreía, parecía contento, al fin y al cabo ahora podía expresarse sin problemas. Yo le escuchaba, intentando ocultar lo orgullosa que me sentía al oírle. Esa conversación habría sido imposible hacía tan solo un mes (¡o incluso una semana antes!) y ahora ahí estaba, explicándome su situación como si lo hubiera hecho miles de veces.

Yo le escuchaba atentamente. Sabía lo importante que era prestar atención a su discurso, estaba depositando su confianza en mí y no quería decepcionarle. Nadie había conseguido sacarle más de dos frases seguidas, siempre tan reservado. Ahora empezaba a contarme cómo había decidido dejarlo todo para venir a España, lo que había sufrido hasta llegar aquí, lo difícil que le parecía todo… Aunque le comprendía, intentaba hacerle entender que nosotros podíamos ayudarle hasta cierto punto porque, por desgracia, no hacíamos milagros.

- Lo sé, eso es lo que yo digo. Antes pensaba que todo era culpa vuestra, o de los otros españoles, pero ahora… La guerra de la que yo hablo no es con personas, ¿sabes? Son otras cosas, como las leyes. Esos monstruos que no me dejan hacer nada. No tengo papeles, y vosotros tampoco podéis hacer nada, ¿entiendes? Es muy difícil en España…

Seguía atónita, casi no podía creer que ese chico fuera el mismo que la semana anterior venía a clase y apenas participaba. A mí, en el fondo, como profesora me dolía que no aprovechara más las clases. Justificaba mi rabia pensando que se hacen por y para ellos. Sin embargo, no podía culparle. Demasiadas cosas en la cabeza, demasiados problemas y demasiado poco tiempo para hacer algo al respecto.

- Bueno, me voy, que tienes mucho trabajo. Nos vemos el jueves, ¿no?

- Claro – dije asintiendo y sonriendo. – ¡Hasta el jueves!

- Ah, y gracias…

- A ti.



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Perdonad esta entrada un poco rara, pero me apetecía escribir algo así. Basada en parte en mi experiencia enseñando español a inmigrantes, hay otras cosas que podrían perfectamente pasarme el día menos pensado. Aunque probablemente nunca la lean, se la dedico a ellos, a mis alumnos, que me aportan más de lo que se imaginan. De ellos aprendo cada día, no sólo a enseñarles nuestra lengua sino a valorar muchas cosas que solemos dar por sentadas. Además, siempre te dan las gracias por todo, incluso por enseñarles español, que es mi trabajo. Por desgracia mucha gente no lo entiende ni lo entenderá nunca, creen que cuando llegan a España todo son ayudas y se les da todo hecho pero, curiosamente, supongo que nadie quiere cambiarse por uno de ellos. ¿O me equivoco?

domingo, 4 de diciembre de 2011

Cuentacuentos (29)

¡Vuelven los CuentaCuentos! :)

Deseaba que fueras tú. Lo deseaba con toda mi alma. Había pensado en ello tantas veces que parecía demasiado bueno para ser verdad. De hecho, la realidad superaba todas mis expectativas, y eso no era precisamente fácil. Aunque hubiera intentado planearlo yo misma, no habría sido tan perfecto.

Llevaba meses soñando con ese momento, cada mañana me despertaba pensando en ello, pasaba horas y horas cada día imaginando cómo sería si ocurriera de verdad. Lo cierto es que se había convertido en una obsesión para mí, no podía pensar en nada más. Nadie me había hecho tanto daño en toda mi vida, y te odiaba, te odiaba tan profundamente que tan sólo desear tu muerte podía ayudarme a seguir adelante.

Esa tarde, cuando supe lo que había pasado, me sentí aliviada. Por fin había ocurrido lo que tanto anhelaba, por fin había conseguido librarme de ti, y ni siquiera tuve que hacerlo yo. Era como si, de alguna forma, el destino se hubiera apiadado de mí llevando a cabo mi venganza.

Me contaron que salías de la oficina y que, al cruzar la calle, un loco te había atropellado y se había dado a la fuga. Lo había imaginado tantas veces… Siempre volvías a casa antes que yo, y muchos días incluso me asomaba por la ventana deseando que ocurriera. Por desgracia, esa tarde no me asomé, tenía demasiado trabajo y me despisté. Es una pena, me habría encantado ser testigo de lo ocurrido.

A pesar de todo, necesitaba asegurarme, tenía que verlo por mí misma. Fui corriendo hacia el ascensor y pulsé el botón que me llevaría a la planta baja. Las puertas se cerraron y, de repente, sentí como me faltaba el aire. ¿Y si eras tú de verdad? Si tanto lo había deseado, ¿qué me pasaba ahora?

Resulta extraño contarte todo esto ahora que ya nada tiene remedio, ahora que no puedes oírme. Quiero que sepas que no te guardo rencor y que lo que pasó entre nosotros fue un enorme malentendido. Siento no haberme dado cuenta antes. De haberlo hecho, no habría fantaseado con tu muerte del modo en que lo hice y, probablemente, habría podido esquivar aquel coche. Supongo que ahora nunca lo sabremos, ¿verdad?

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jueves, 21 de abril de 2011

Cuentacuentos (28)

Frase de Angelical.

La complicidad se asomaba a sus ojos, no dejarían pasar aquella oportunidad. Como años atrás, con sólo una mirada conseguían leer la mente del otro. Les inundó la nostalgia por un momento y el tiempo pareció detenerse. En apenas unos segundos, recordaron cientos de travesuras compartidas, trastadas únicamente posibles gracias a su extraordinaria conexión fraternal.

Siempre se ha dicho que los gemelos comparten un vínculo especial, pero el caso de estos hermanos era tan extremo que incluso llegaba a dar miedo. Nunca ha habido dos personas tan iguales y tan distintas al mismo tiempo. Según iban creciendo, sus diferencias se iban marcando cada vez más. Las diversas discusiones y los roces continuos deterioraron poco a poco su relación hasta acabar definitivamente con ella.

Casi sin darse cuenta, llevaban ya nueve años sin saber el uno del otro. No se habían visto, no habían hablado, no permitían que nadie les diera información del otro. Sus vidas habían tomado caminos totalmente opuestos y ambos se mostraban conformes con esa situación. Quizá hubiera alguna razón para ello y fuera cosa del destino, aunque nunca se lo habían planteado.

Ahora estaban el uno frente al otro, emocionados por el aluvión de recuerdos y aterrados ante lo que les esperaba. Un instante, una sola mirada, y supieron lo que pasaba por la mente del otro. Sabían que, si se paraban a pensarlo, perderían su oportunidad. Con una simultaneidad sorprendente sellaron sus destinos para siempre.

Poco después, un vecino llamó a la policía asegurando que había oído un disparo en un callejón al lado de su casa. A los pocos minutos, unos agentes llegaron al lugar del crimen. Cuando se adentraron en el callejón, descubrieron dos cuerpos sin vida y un único charco de sangre tiñéndolo todo de rojo.


jueves, 14 de abril de 2011

Cuentacuentos (27)

Frase de Jara.

Contó hasta tres y desapareció. Llevaba mucho tiempo preparando aquel truco. Sabía que sería algo grande y precisamente por eso lo mantenía en secreto.

Contó hasta tres. Fueron apenas unos segundos pero a mí me pareció una eternidad. No me lo esperaba. Tanto tiempo intentando quitarle de la cabeza la idea de ser un mago de verdad, y ahora ahí estaba, frente a mí, dispuesto a sorprender a todos con su actuación estelar.

“Uno.” Pensé en la ilusión que siempre tuvo por hacer magia. Inmediatamente después, recordé cada fracaso, su frustración al ver que nada salía como esperaba, mi impotencia al no poder consolarle.

“Dos.” Esperaba tener que consolarle esta vez. No era una buena idea y realmente quería que algo saliera mal, o que ni siquiera llegara a intentarlo. ¿Cómo podía llamar a eso “espectáculo”?

“Tres.” Desapareció de mi vista tras pronunciar esa palabra. Lo había conseguido, aunque hasta ese momento yo estaba convencida de que no lo haría.

Ése fue su gran número final. Todos le recordaremos por ello, y estoy segura de que, esté donde esté, él se estará regodeando por haberlo logrado. Yo, sin embargo, aún no le he perdonado que aquella noche desapareciera para no volver nunca más.


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lunes, 4 de abril de 2011

Cuentacuentos (26)

Frase de Sechat.

Continuación de Cuentacuentos (25)



Nunca antes había visto una mirada como la del tuareg que tenía enfrente en ese momento. Realmente él no era un tuareg, pero después de esa noche empezó a llamarle así.

Tras una semana de nervios e inseguridades, aquella noche se encontró cenando con él. Era una sensación rara, se había imaginado aquel encuentro tantas veces que no sabía si era real o era otra de sus fantasías.

Cuando abrió la puerta, le invitó a entrar. Le temblaban las piernas, intentó disimularlo lo mejor que pudo. Esos ojos, esa sonrisa… por un momento se quedó mirándole en silencio. Probablemente no se dio cuenta de que pasaba el tiempo, o quizá no sabía qué decir.

- ¿Qué tal os ha ido sin mí esta semana? ¿Me habéis echado de menos?

¿Que si le había echado de menos? No sabía qué contestar. Había decidido sincerarse con él, pero necesitaba un poco de ayuda.

- Bueno… pues como siempre… - se sonrojó y sonrió tímidamente. - ¿Una copa de vino para abrir boca?

Cogió un par de copas de la vitrina del comedor y sirvió un poco de vino en cada una. Al mismo tiempo, empezaron a hablar del trabajo, de lo que a él le había llevado fuera esa semana, de reuniones, clientes y decisiones que tendrían que tomar. Eso no era lo que ella había imaginado. Poco a poco, su sonrisa se fue borrando y empezó a pensar que sus temores eran justificados y que aquella cena sólo era una reunión de trabajo más.

- Perdona, te estoy aburriendo con todo este rollo del trabajo…

- No, para nada. Si todos nos preguntábamos cómo te había ido – y volvió a sonreír, aunque esta vez había forzado el gesto con la esperanza de que él no captara su decepción.

- Bueno, ¿y no se come en esta casa? Porque me prometiste una cena y de momento sólo has intentado emborracharme… - Ambos rieron. Él intentando deshacerse de la tensión que se palpaba en el ambiente, ella en parte aliviada por el cambio de tema.

Ella fue a la cocina y volvió con dos platos de arroz con curry. Él sonrió.

- Es arroz con curry, ¿verdad? ¿Cómo sabías que era mi plato favorito?

- ¿Ah, sí? No lo sabía – apartó la mirada tratando de que no descubriera que mentía. – Espero que esté bueno, es la primera vez que lo hago.

- A ver… - y probó un poco. – Pues sí que está bueno, ¿eh?

- ¿De verdad? – preguntó emocionada. Esta vez no pudo, ni intentó, esconder su alegría.

- Sí – sonrió –, y mira que es difícil que me guste un arroz con curry que no sea el de mi madre.

- ¿Es su especialidad?

- Algo así… Cuando era joven, estuvo viajando por el mundo y aprendió un montón de cosas. Tiene un montón de historias de aquella época. Pero la verdad es que a mí lo que más me gusta es su arroz con curry. Estuvo viviendo un tiempo en un pueblecito indio, en casa de una mujer que le enseñó cómo hacerlo. Tiene algún truco especial o un ingrediente secreto, estoy seguro, pero aún no he conseguido que me lo cuente. Quizá algún día…

Empezó a ponerse nerviosa otra vez. ¿Cómo pretendía competir con la receta de su madre? Tenía que seguir hablando, no podía permitirse que hubiera un silencio incómodo en ese momento o todo sería tan evidente que no podría seguir fingiendo.

- Vaya… ¿así que tu madre es una aventurera?

- Lo era hasta que nací yo. Cuando supo que estaba embarazada volvió a España.

- ¿Y eso? ¿Cómo conoció a tu padre entonces?

- Pues es una historia muy curiosa. Llevaba un tiempo viajando por el norte de África y soñando con conocer el Sáhara. Sin embargo, siempre había algo que le impedía atreverse por fin a visitar el desierto. La gente que encontraba en su camino le advertía que no era seguro para alguien como ella, que no conocía bien el lugar y podría ser peligroso. Por eso, pasó meses con la idea en la cabeza pero nunca se arriesgó por miedo a que tuvieran razón.

Estaba tan ensimismada escuchando la historia que apenas se dio cuenta de lo que estaba pasando. Él seguía hablando, pero se había levantado y caminaba lentamente hacia la silla que quedaba libre justo a su lado.

- El caso es que un día – continuó – se armó de valor y se adentró en el desierto. No me digas cómo o por qué lo hizo, supongo que fue cosa del destino.

- ¿Del destino?

- Sí, claro. Si no lo hubiera hecho yo no habría nacido.

- ¿Por?

- Porque, como le habían advertido, el desierto era demasiado duro para ella y casi no consigue salir de allí.

- No te sigo…

- Verás – le dijo sonriendo. – A los pocos días de comenzar su aventura se vio sin comida y sin agua en el desierto y, como te he dicho, casi no lo consigue. Llegó incluso a perder el conocimiento. Por suerte, un tuareg la encontró y le salvó la vida.

- ¿Y ése era tu padre?

- No.

- ¿Entonces? ¿Conoció a tu padre después? No entiendo nada…

- No lo entiendes porque no quieres verlo. ¿Cómo puedes no darte cuenta?

- ¿De qué?

Sonrió una vez más. Se acercó lentamente a ella, primero rozando su larga melena y jugueteando con sus rizos, después acariciando su cara con más ternura de la que ella podría haber imaginado. La miró fijamente a los ojos por un instante para acabar susurrándole al oído:

- Es todo mentira. Pero necesitaba darte una razón para que esta vez no salieras corriendo. ¿Qué dices? ¿Te adentras en el desierto conmigo?

Sus pensamientos iban demasiado rápido como para procesar tanta información y comprender lo que estaba ocurriendo. Su corazón latía aún más rápido, tanto que incluso le costaba respirar. Eso no era lo que ella había soñado, era aún mejor, y le estaba pasando de verdad. ¿Qué la paralizaba entonces?

- Te quiero… - y la besó apasionadamente sin darle tiempo a reaccionar.

Desde entonces, ella siempre ha contado la historia de cómo un tuareg le había robado el corazón cenando arroz con curry en algún lugar del Sáhara.


martes, 29 de marzo de 2011

Cuentacuentos (25)

Frase de Larisavel.

La casa se inundó de un olor a arroz con curry. Era la primera vez que cocinaba para él. Era su plato favorito. Estaba decidida a que todo fuera perfecto esa noche, incluido ese plato que nunca había cocinado.

Llevaba toda la semana preparando aquella cita. Desde el mismo momento en que él le propuso ir a cenar a su casa no había podido pensar en nada más. Había llegado a sentirse estúpida, fantaseando con una cita que no tendría lugar. “Sólo es una cena” se repetía una y otra vez, pero en cuanto se descuidaba se descubría a sí misma dejando volar su imaginación.

Habían pasado varios meses trabajando juntos, y él parecía no verla. ¿Cómo podía ignorarla de esa forma? Ella, aunque lo intentaba, no podía evitar pensar en él a todas horas. Se fijaba en cada pequeño detalle, incluso en qué comía cada día, por eso sabía que el arroz con curry le gustaba tanto. A veces se quedaba embobada mirándole, soñando con que algún día él por fin se fijaría en ella y todo cobraría sentido. También había pensado en lanzarse, claro, pero siempre ocurría algo y se echaba atrás. Luego se arrepentía, lo que hacía que se sintiera aún peor y no tuviera el valor suficiente para volver a intentarlo.

Pero ese día era su oportunidad. Tenía que ser eso. ¿Por qué iba a querer cenar con ella si no era eso? Sin embargo, algo en su interior se negaba a creerlo, tenía que haber algo más. Seguro que había algo importante que organizar para la empresa, algo urgente que no podía esperar al lunes. Y claro, una cena era más que conveniente, él había pasado toda la semana fuera, trabajando. Seguro que lo último que le apetecía era ir directamente a la oficina desde el aeropuerto y por eso había sugerido que cenaran juntos.

Estaba nerviosa. Histérica. Atacada de los nervios. Muerta de miedo y emocionada a la vez. Correteaba de un lado a otro de la casa sin saber muy bien por qué. La mesa ya estaba preparada, pero nunca la veía perfecta. Se había cambiado tres veces de ropa. No quería que pensara que se había arreglado demasiado. Tampoco quería que creyera que recibía a las visitas vestida de cualquier manera. Sólo faltaban unos minutos, el arroz ya estaba casi listo y ella no sabía si quería que llegara el momento que llevaba esperando toda la semana.

Intentó calmarse. No podía dejar que él la viera así. Una cosa era no conseguir lo que quería y otra muy distinta era hacer el ridículo. Decidió centrarse en el arroz, tenía que quedar perfecto. Si eso iba bien, el resto saldría rodado. Lo probó. Se sintió aliviada, no había quedado nada mal para ser la primera vez. Sólo un toquecito de sal y tendría un plato estupendo.

Sonó el timbre. Ya no había vuelta atrás. Era ahora o nunca. Tenía el plato perfecto, había preparado la mesa como nunca, se había vestido para él. Tenía que lanzarse. No podía seguir así. Necesitaba saber si todo aquello iba a alguna parte. Esa podría ser la mejor noche de su vida. O no… Se acercó a la puerta intentando no pensar, esta vez no quería buscar excusas. Abrió la puerta…

- ¡Hola! Pasa, pasa…


miércoles, 16 de marzo de 2011

Cuentacuentos (24)

Frase de Roc.

De repente un día, todo comenzó de nuevo. Nadie se imaginaba lo que estaba a punto de pasar en aquella localidad costera, pero lo que se puso en marcha aquella tarde ya era inevitable.

Luis había salido con su perro Max como cada tarde después del trabajo. Normalmente paseaban por pequeños caminos en las afueras de la ciudad, pero ese día estaba cansado y no quería ir muy lejos, así que decidió ir a un parque cercano a su casa. No le gustaba nada estar rodeado de tanta gente y por eso no iba más a menudo al parque. Sabía que a Max le encantaba jugar con los demás perros, pero él odiaba tener que dar conversación a sus dueños. Se sentía extremadamente incómodo entre desconocidos, y ni siquiera lo mucho que adoraba a Max le ayudaba a vencer esa sensación.

Cuando se disponía a volver a casa, algo llamó su atención. A lo lejos, se acercaba la chica más hermosa que había visto en toda su vida. A pesar de su actitud habitual respecto a los desconocidos, no podía dejar de mirarla. Su corazón empezó a latir con tanta intensidad que por un momento creyó que se le salía del pecho. Nunca había deseado tanto a nadie.

Mientras tanto, Max luchaba por escapar de su correa. Parecía agitado y el hecho de que su dueño no se diera cuenta de lo que estaba pasando le enfurecía aún más. Cuando Luis salió del trance en el que había caído, no podía creer lo que tenía ante sus ojos. “Max, ¿Qué te pasa? ¿Por qué gruñes de esa manera?”. Siempre había sido un perro tranquilo, nunca le había visto así. “Venga, cálmate, ya nos vamos a casa.”

La escena se repitió día tras día durante algo más de un mes. Luis había empezado a ir al parque todos los días esperando verla. Cuando la encontraba, se quedaba embobado mirándola, como embrujado por su belleza, hasta que los gruñidos de Max le traían de vuelta. Entonces, volvía a casa para tranquilizarlo.

Mientras tanto, los vecinos comentaban el cambio en las costumbres de Luis.

- ¿Os habéis fijado en el vecino del segundo? Pasa horas en el parque con su perro.

- Yo le he visto alelado mirando a la chica esta que se mudó el mes pasado al bloque de enfrente.

- ¿En serio? Pues que se ande con cuidado, que es muy rarito.

- Y eso que no has visto como la mira… Yo soy ella y pedía una orden de alejamiento. Te aseguro que eso no es normal.

Ajeno a las opiniones de sus vecinos, un día se armó de valor y decidió lanzarse. Creía que no tenía ninguna posibilidad, pero quería intentarlo de todos modos. De alguna forma, sentía que tenía que hacerlo. Dejó a Max en casa, porque siempre que había intentado acercarse a ella él se ponía cada vez más violento.

Cuando llegó al parque, no tardó en encontrarla. Se acercó tímidamente a ella…

- Hola, soy Luis. Te veo todos los días y… – dijo tartamudeando.

- Lo sé, yo también te he visto con tu perro. ¿No te lo has traído?

- Ah sí, Max… No, hoy lo he dejado en casa – y se le escapó una risilla nerviosa. – No me has dicho tu nombre…

- Es verdad, perdona, soy Marina.

Empezaron a pasear mientras seguían conversando. Él cada vez estaba más cómodo a su lado, tanto que no parecía darse cuenta de que todo el mundo se les quedaba mirando. Ella, por el contrario, se mostraba inquieta, y no paraba de mirar de un lado a otro. Al cabo de un rato, desaparecieron de la vista de todos.

Nadie se imaginaba lo que estaba a punto de pasar. De haberlo sabido, alguien les habría seguido para tratar de evitarlo, pero ya era demasiado tarde…

[…]

El informativo local abrió con la siguiente noticia la noche siguiente:

Esta tarde han encontrado el cadáver de un chico de 32 años en su domicilio. Al parecer, los vecinos se quejaron de que su perro estaba ladrando mucho y, al no obtener respuesta, avisaron a las autoridades. Se cree que ha podido ser un suicidio, aunque habrá que esperar a la autopsia. La policía ahora investiga la desaparición de una chica a la que el joven presuntamente acosaba desde hace algún tiempo, según el testimonio de varios vecinos. Nadie la ha visto desde ayer por la tarde cuando paseaba con el joven por un parque cercano a su casa. Aunque no hay una versión oficial por el momento, la policía se teme lo peor…

Varios hombres comentaban la noticia en un bar del barrio. “A mí nunca me gustó ese chico”, decía uno. “Ya sabía yo que algo así iba a pasar tarde o temprano”, aseguraba otro.

Lo que ninguno sabía es que, en ese mismo instante, Marina estaba en la playa sana y salva. Sonreía, satisfecha tras un trabajo bien hecho. No sólo había conseguido el alma que había venido a buscar y que le ayudaría a sobrevivir en su mundo una buena temporada, sino que nadie sospecharía de ella. Aunque así fuera, no podrían encontrarla, pero siempre le había gustado jugar con sus víctimas. Con Luis había sido extremadamente fácil, y no desaprovechó la ocasión. El único que sabía la verdad era Max pero, ¿iba a delatarla un perro? Su secreto estaba a salvo.

Se quitó la ropa y la tiró al mar lo más lejos que pudo. Supuso que, si encontraban la ropa, acabarían por confirmar su muerte y dejarían de buscarla. No quería dejar ningún cabo suelto, sabía lo que les pasaba a los que dejaban el rastro de su secreta existencia. Ahora ya podía irse tranquila. Entró en el agua y, en apenas unos segundos, desapareció.


Más historias: http://www.elcuentacuentos.com

martes, 8 de marzo de 2011

Cuentacuentos (23)

Frase de Níobe.

Comenzó a verse una luz allá al fondo, sólo faltaba un poco más. Entre todos, trabajando juntos, estaban a punto de conseguirlo.

No sabían muy bien qué les había llevado a esa situación, lo único que recordaban era encontrarse vagando por aquel inmenso laberinto y parecía que nunca iban a encontrarla. Sin embargo, ahí estaba ella, esperándoles, brillando más que nunca.

Muchos podrían haberla encontrado de todas formas, antes o después, pues estaban decididos a hacerlo. Otros, en cambio, habrían tirado la toalla a mitad del camino pensando que no merecía la pena intentarlo, que ella no tendría nada para ellos.

Se habían encontrado hacía apenas unas semanas y decidieron unir sus fuerzas para encontrarla. Algunos llevaban meses, incluso años, buscándola sin saber por qué la habían perdido. Ya nada importaba, juntos lograrían llegar hasta el final, nada se volvería a interponer en su camino.

Ahora estaban allí, atónitos ante lo que les esperaba en el horizonte, cogiendo fuerzas para llegar a la resplandeciente luz que tanto tiempo llevaban buscando. Todos esperaban que ella les contagiara al menos un poquito, así todo habría merecido la pena.

Cuando llegaron ante la musa, sus palabras no fueron lo que esperaban. A pesar de la decepción inicial, pronto todo cobró sentido. ¿Por qué no lo habían comprendido antes? Sólo tenían que intentarlo y todo lo demás vendría solo.

Las historias no tardaron en volver cada semana y el oscuro laberinto se convirtió en un mal recuerdo.

Imagen: elcuentacuentos123.blogspot.com

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Cuentacuentos (22)

Frase de Sarg Bjornson.

- Atended: Elroy Workman es una persona fuera de lo común. Estoy segura de que todos lo sabemos perfectamente, pero nunca nos paramos a pensarlo. Es triste admitirlo, pero estamos tan ocupados con nuestras propias vidas que no vemos lo que él hace por nosotros, día a día, sin pedir nada a cambio. Y es que, ¿cuándo nos ha fallado? ¿Podéis pensar en un solo día en que no estuviera ahí cuando le necesitábamos? El problema es que, para bien o para mal, nos tiene muy mal acostumbrados. Y me atrevería a decir que en este caso es para mal, porque no le agradecemos lo suficiente que se desviva de esa manera por todos y cada uno de nosotros. Es más, yo diría que todos pensamos que es normal que siempre él se acuerde de las fechas importantes, que sea el que piense en organizar reuniones de vez en cuando para ponernos al día, que se preocupe de saber de todos regularmente… yo diría que ni nos damos cuenta de todo esto, ¿verdad? Ahora que alguien lo dice en voz alta parece que sí, que todos estamos de acuerdo, pero ¿lo sabe él?

El caso es que no os he reunido hoy aquí solamente para deciros esto. He tenido una idea que creo que podría hacer muy feliz a nuestro amigo Elroy. Todos sabéis que lleva meses viviendo en otra ciudad por cuestiones de trabajo y, supongo, muchos sabréis que volvía estos días para pasar las Navidades con su familia. Pues bien, creo que deberíamos organizarle una fiesta sorpresa. No una cualquiera, ésta debe ser especial. Estoy convencida de que nunca se habría imaginado que alguno de nosotros pudiera organizar nada así, y menos aún para él. ¿Qué os parece?

Todos se mostraron de acuerdo. Lo cierto es que nunca se habían dado cuenta de que Elroy era una persona tan importante en sus vidas. Empezaron a comentar en corrillos un sinfín de anécdotas que les hicieron todavía más conscientes de la situación.

Después de un rato, alguien decidió llamar a casa de Elroy para empezar a organizar todo. Necesitaban saber cuándo estaba libre para ver de cuánto tiempo disponían y asegurarse de que todo saliese perfecto. Cuando sonó el primer tono, mandó callar a los que seguían cuchicheando. Era importante que no sospechara nada. La ilusión se palpaba en el ambiente, todos estaban cada vez más implicados. Dos tonos, tres tonos… no había respuesta. Tras el cuarto tono, alguien contestó. La emoción que se había adueñado de todos pronto contrastó con la expresión del chico que estaba al teléfono, que palideció de repente.

- ¿Por qué siempre llegamos tarde?

Aún hoy la mayoría no quiere creer que el coche de Elroy patinara en aquella curva de camino a casa de sus padres, prefieren pensar que fue un mal sueño del que despertarán tarde o temprano. Ese iba a ser su día pero, por desgracia, Elroy nunca lo sabrá.

martes, 28 de abril de 2009

Cuentacuentos (21)

Frase del SdlH.

Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas.
Y eso que ya casi había perdido la esperanza después de tantos meses rebuscando por toda la habitación sin éxito alguno. Le parecía increíble, ¿dónde se habían metido? No hace tanto estaban ahí mismo, en el cajón del escritorio, donde siempre había echado mano de ellas. Luego pensó que, tal vez, las había dejado en la mesilla de noche junto a ese libro que había empezado hace meses y que, probablemente, nunca acabaría de leer. ¡Tenían que estar ahí! Seguramente se las habría olvidado alguna de esas noches en las que no podía dormir, en las que sus pensamientos iban demasiado rápido, en las que necesitaba algo que le diera sentido a todo lo que pasaba por su mente. Pero no, allí tampoco estaban. Ya no se le ocurría dónde mirar, ¿qué había hecho con sus palabras? ¿Cómo las pudo perder de esa manera? Revisó cada rincón de la habitación, cada cajón, cada estantería… ¡incluso debajo de la cama! Nada. Ya no estaban. Se habían ido. Llegó un día que se agobió tanto con la idea de no volver a tener sus preciadas palabras que casi no podía respirar, el mero hecho de pensar que no podría volver a usarlas como antes le superaba. Esa sensación se volvió tan real que tuvo que abrir la ventana para no ahogarse de verdad. Y ahí estaban sus palabras, esperando para entrar, impacientes ya después de tanto tiempo. Se sentó frente al ordenador y, como si no hubiese pasado el tiempo, empezó a escribir…

martes, 21 de agosto de 2007

Cuentacuentos (20)

Frase de Mundoyás y Níobe.

Aquí todo el mundo va a su bola, menos yo que voy a la mía
siempre intentando dar la nota, ser diferente a los demás. Me pregunto por qué lo hago, ¿de qué me sirve? Ahora mismo sólo siento una cosa y no es precisamente satisfacción. ¿Me estaré equivocando de nuevo?

Lo cierto es que tengo miedo de todo y de todos, tal vez por eso me aíslo. Tengo la sensación de que si me involucro demasiado voy a sufrir otra vez, probablemente porque volveré a estropearlo todo. Siento que soy como un rey Midas, y soy incluso más desgraciado que él ya que éste al menos convertía en oro cuanto tocaba. Yo ni eso, estando yo de por medio nada bueno puede esperarse.

Aunque, por supuesto, no me creo especial por sentirme así, es más, espero que alguien más haya estado en mi misma situación. Es curioso como al sufrir siempre creemos estar solos cuando, pensándolo bien, ha de haber alguien más pasando por lo mismo o, tristemente, por algo mucho peor que tú.

¿Se puede saber a dónde quiero llegar con todo esto? Tiendo a analizar en demasía (y así me va…) pero es ahora cuando me doy cuenta de que no soy tan desgraciado. Todo aquello que daba por hecho es lo que hace que me levante cada día y que siga sonriendo aunque sólo sea un poquito. Soy consciente de lo que tengo, de lo que echaría de menos si ocurriera algo. ¿Me habré dado cuenta demasiado tarde? Llegar tarde, ése es otro de mis miedos…

Pero volviendo a lo de ser diferente… ¿realmente lo consigo? Es decir, ¿qué es lo que piensan los demás de mí? Sé que debería darme igual, pero en estos momentos no puedo dejar de preguntarme si me ven como a una persona que se sale de lo “normal” o, por decirlo de otra forma, si me consideran un bicho raro. El caso es que este afán por ser extraordinario no me lleva a ninguna parte porque ahora soy como cualquier otro, y es que solamente una cosa nos trata a todos por igual.

Pienso en los errores que he cometido, que no son pocos, y en la forma de enmendarlos. Veo poca solución para la mayoría de ellos y para los que la tienen me falta valor. Me he convertido en un verdadero cobarde. ¿No es absurdo? Y yo que me creía valiente por querer ser distinto a los demás… en el fondo sigo la corriente como todos, sólo que yo no me atrevo a admitirlo.

Mis amigos, los pocos que me quedan, creen que ya no soy el de antes. Lo cierto es que yo mismo me veo como un hombre aburrido, que ya no se divierte como antes. Me he convertido en un amargado al que podría darle poco menos que un infarto por el mero hecho de pensar en hacer un pequeñísimo cambio de planes en su más que organizada vida. Sin duda por eso me va tan mal, pienso demasiado en lugar de actuar. Y cuando me propongo organizar algo no le viene bien a nadie… soy yo el que siempre acaba amoldándose a los demás. Además, cuando me avisan para quedar siempre me da la sensación de que lo hacen por pena, no sé, como si en cierto modo se sintieran obligados a verme cada cierto tiempo.

Le doy demasiadas vueltas a todo, lo sé. Pero es que llevo mucho tiempo pensando que cada descubrimiento que hago me hace especial y me convierte en “uno de los elegidos” cuando en realidad miles de personas ya se habían encontrado con eso antes que yo. Según va pasando el tiempo me doy cuenta de que no hay absolutamente nada extraordinario en mí.

Ahora, sentado sobre esta incómoda silla, me pregunto si el pensar en todo esto va a cambiar algo. Las paredes de esta sala, que en su día fueron blancas y hoy lucen un color que es a mi entender indescriptible, me ponen nervioso. Pero el hecho de que necesiten al menos una mano de pintura es simplemente una forma de distraerme, de no pensar en lo que realmente me tiene atemorizado.

De repente, algo me paraliza. Recuerdo lo que me ha traído a esta sala de espera, sé que me llamarán en unos minutos y no sé qué puede ocurrir. Mi vida pasa ante mis ojos, ¿de verdad quiero ser recordado así? Con suerte tal vez ni siquiera me recuerden…

- ¿Señor García? Puede usted pasar, el médico le espera…

Muy amablemente la enfermera me ha despertado de esos pensamientos que me habían transportado como a otro mundo. Mi corazón late con más fuerza en cada paso que doy hacia la puerta de la consulta donde me sentaré frente a un desconocido que me dirá cuál va a ser mi propio destino… Llevo casi una hora replanteándome mi vida y ahora siento miedo otra vez, ¿habrá merecido la pena?

miércoles, 15 de agosto de 2007

Cuentacuentos (19)

Frase de María.


Imagen: sodahead.com

Nada más despertar, se gira y lo descubre a su lado. Sonríe, no puede evitar hacerlo, esto es exactamente lo que desea desde hace tiempo, demasiado tiempo.

Atrás quedan esos días de flirteos, que existieron aunque ella nunca lo admitió, los comentarios de los demás, los mensajes cifrados que sólo ellos dos entendían… todo eso formaba parte del pasado, su pasado.

Mientras observa como duerme plácidamente, recorre cada centímetro de su piel acercando su mano suavemente, sin tocarle, dibujando a su vez la silueta con la que tantas veces había soñado. Tiene miedo de despertarle, o de despertarse ella misma tal vez, y por eso se niega el privilegio de tocar su tan deseada piel.

Recuerda las conversaciones que duraban horas y horas, las tonterías que podían llegar a decirse el uno al otro, las canciones que ambos escuchaban, los libros que se recomendaban… recuerda mientras él duerme aparentemente ajeno a todo lo que no sean sus sueños. “¿Estará soñando conmigo?” – fantasea mientras acerca su mano a los labios con los que ella sí que ha soñado cientos de veces desde que lo conoce.

Se aparta… casi consigue olvidarse del miedo que la persigue constantemente y no deja que vea con claridad lo que tiene delante, lo que para todos es más que evidente desde hace ya unos años. “¿Y si no tenía otro sitio para dormir?” – no deja de darle vueltas a esa idea, su mente no puede asimilar lo que está pasando y se niega a creer que él está ahí por amor a ella, eso no puede ser así, tiene que haber alguna otra razón, sí, ha de existir una explicación lógica.

Pasa el tiempo pensando en como empezó todo aquello. Dos meses antes le habían propuesto ir a una especie de fiesta, a una reunión de amigos en la que iban a celebrar la futura boda de dos de ellos. Al principio no quiso ir, pero quería tanto a los novios que tuvo que vencer su timidez y acudir al encuentro. Temía el momento en que los demás la vieran en persona, como si por ello fueran a descubrir algo que hasta entonces ignoraban. Si se lo hubieran dicho de otra persona habría asegurado sin pestañear que era una soberana tontería, pero al tratarse de sí misma el viaje se planteaba como un verdadero reto.

Ahora ya no puede escapar de esa cama cuando era precisamente de él de quien más deseaba escapar. El mero hecho de pensar en el fracaso la anula. Piensa constantemente en el fracaso porque lleva demasiado tiempo construyendo una fantasía que se sostiene sobre ideas ya desfasadas, cree que un caballero andante la va a rescatar de su monótona vida y le jurará amor eterno, amor de verdad, como el que se ve en las buenas películas hollywoodienses.

También maldice a su amiga, la novia, porque sabe que es precisamente ella la que lo ha metido en su habitación, en su cama. Aunque siempre lo ha negado, es consciente de que su amiga siempre ha sabido lo que siente por ese chico y hasta puede llegar a comprender los motivos que la llevaron a meterla en semejante encerrona. Sin embargo, y aunque agradece las molestias que su particular celestina se ha tomado, sigue pensando que no servirá para nada ya que él no la quiere y nunca lo hará, es obvio que nada puede cambiar eso.

Tan absorta está en sus pensamientos que no se da cuenta de lo que ocurre. Él abre los ojos, sonríe y se acerca poco a poco a ella para acabar besándola apasionadamente. Ella se estremece, no sabe cómo reaccionar, pero no tarda en darse cuenta de que, como en todo cuento de hadas que se precie, el valiente príncipe ha conseguido liberar a la princesa. Puede que ninguno de los dos pertenezca a la realeza, puede que en vez de una alta torre haya pura timidez y mucho miedo, pero lo cierto es que, en este punto de la historia, nuestra protagonista no es ni más ni menos que una bella durmiente o una Blancanieves al más puro estilo Disney y toda la lógica que esperaba encontrar se desvanece en un solo instante porque el amor es así, irracional, y no se puede entender de otra forma por mucho que te empeñes en lo contrario.

miércoles, 8 de agosto de 2007

Cuentacuentos (18)

Frase de Sharon.

Le escuché en silencio porque escupir aquella historia parecía costarle demasiado.
Estaba cansado, o al menos a mí me dio esa sensación, pero aún así él continuaba hablando. Me contaba lo curiosa que es la vida, cómo no vemos las cosas que tenemos delante hasta que, por causas que escapan a nuestro entendimiento, ya es demasiado tarde para ponerle remedio.

Mientras hablaba le observaba, parecía estar tan cansado… No podría explicarlo con palabras pero estaba tan cambiado… realmente parecía una persona totalmente distinta, y es que estaba tan triste que apenas podía articular palabra. No quería perder ni un solo detalle de su discurso, ya que sabía que estaba siendo especialmente difícil para él confesar todo aquello.

Le notaba intranquilo, como si supiera que hasta entonces había algo que no funcionaba del todo, como si se arrepintiera de no haber dicho todo aquello antes, mucho antes. Sentía su afecto y su cariño, pero también su miedo y su impotencia ante esa nueva situación que irremediablemente tendría que aceptar tarde o temprano.

Sin embargo, se resistía a admitir que esa conversación había llegado demasiado tarde. En principio, nada de lo que dijera o hiciera iba a cambiar nada ya, pero para él era un asunto pendiente que debía solucionar para poder seguir adelante.

Yo escuchaba pacientemente y no podía evitar dejar caer alguna que otra lágrima por mi pálido rostro. No podía creer muchas de las cosas que salían por su boca pero… ¿por qué me iba a mentir ahora? No tenía sentido, ya no.

Sus últimas palabras para mí fueron:

Lo siento, siento haber sido tan cobarde como para no decirte esto antes, no he sabido admitir todo esto a tiempo. Ahora es demasiado tarde, ya nada puede cambiar lo sucedido. ¿Podrás perdonarme algún día? No lo olvides, te quiero.

Y, tras estas palabras, se fue. Ahora la que se sentía impotente era yo, no podía decirle que no había nada que perdonar, que yo había hecho exactamente lo mismo y que yo también le quería, le quería muchísimo.

Lo cierto es que aún le quiero, pero he de dejar que siga con su vida y que sea feliz, aunque sea junto a otra chica. No era mi intención hacerlo, quería estar por siempre a su lado, pero aquella tarde comprendí que tenía que ser así mientras observaba como se alejaba lentamente de mi tumba.

Días como el de hoy te hacen pensar en lo que realmente importa, en que vale más decir las cosas y demostrarlas que lamentarse después… el “a mí no me va a pasar” no vale nada, porque las cosas pasan y a veces tocan cerca… y piensas qué pasaría si te tocaran todavía más cerca, porque no es la primera vez que pasa algo así y por desgracia no va a ser la última y puede que algún día te toque a ti… Si no se nos olvidara todo tan pronto después… :(