jueves 28 de junio de 2007

Cuentacuentos (14)

Imaginaba que era un pirata cuando jugaba con su espada de madera y yo era su damisela en apuros… así fue cómo le conocí. Teníamos apenas siete u ocho años, fue al poco de venir a vivir aquí con mis padres. Es increíble cómo se recuerdan algunas cosas de hace tanto tiempo, detalles aparentemente sin importancia, y luego miles de cosas se pierden en el olvido.

Yo no tenía amigos, bueno, la verdad es que aún no conocía a nadie. Llevábamos unos meses en el pueblo pero no me relacionaba con la gente, y menos aún con otros niños. Era tan tímida… Me quedaba encerrada en mi casa día tras día observando cómo jugaban los demás, los espiaba desde mi ventana, sí, ésa de ahí… y nunca me atrevía a bajar a la calle con ellos.

Supongo que, como toda niña de esa edad, soñaba con que algún día llegara un príncipe a rescatarme, a sacarme de la torre en la que me mantenían encerrada que, en este caso, era mi propia casa. Con los años lo piensas y parece una tontería, pero entonces no lo era, cada día miraba por la ventana pensando en cuál de aquellos niños sería mi príncipe.

Quizás el hijo del panadero… no, era un chico muy bueno pero seguro que le faltaba ese punto de valentía, el pobre hacía siempre lo que el resto de la pandilla le pedía. ¿Será aquel otro, el que siempre amenaza al resto cuando intentan contar alguna de sus travesuras? No, ése seguro que no, a él le faltaba dulzura… Todos los días me iba a la cama decepcionada porque aún no tenía a mi príncipe pero ilusionada a la vez, con la esperanza de encontrarlo al día siguiente.

Un día le vi, con su espada de madera en la mano. Supe que ésa era la señal definitiva: él sería mi príncipe. Me asomé a la ventana y le grité: ¿Eres mi príncipe? Pero al verme él se rió y me dijo ¿Un príncipe? ¡No! Soy un pirata, ¿necesitas ayuda? Y, desde ese momento, fuimos inseparables y pronto pasó a ser algo más que un compañero de juegos, él fue mi primer amor.

- ¿Y qué pasó? ¿Por qué te casaste con el abuelo y no con él?

No lo sé, con el tiempo nos distanciamos. Él se fue a la mili y, cuando volvió, las cosas habían cambiado mucho. Ese mismo año, en las fiestas del pueblo, tu abuelo se acercó a mí en el baile y… bueno, fue un flechazo. Unos meses después de casarme me enteré de que se había marchado a vivir allí, al faro, y nadie le ha visto por el pueblo desde entonces. La verdad es que me dio mucha pena no volver a verlo, pero también me sentí aliviada. No quería hacerle daño a él, ni hacérmelo a mí misma… lo había querido mucho, muchísimo, pero estaba enamorada de tu abuelo. Supongo que no pudo ser.


- Pero el abuelo ya no está hace años… ¿no dicen que siempre hay una segunda oportunidad?

lunes 18 de junio de 2007

Cuentacuentos (13)

La habitación del deseo, ahí es a donde me dirigía aquella tarde. La llamábamos así porque era lo mejor para todos, porque nadie sospecharía lo que de verdad ocurría en esa habitación. La gente pensaba mal, claro que lo hacían, y no podían evitar reírse cuando nos veían entrar y salir, pero esa era nuestra tapadera y estábamos bien allí, así que pronto dejó de importarnos.

Hubo un tiempo en el que no hacían falta lugares como esa habitación. Podías hacer prácticamente cualquier cosa cuando y donde quisieras. Resulta que sí es cierto eso que dicen, no valoramos realmente lo que tenemos hasta que lo perdemos. Y, aunque ahora parece algo increíble, no hace tanto tiempo podíamos incluso reunirnos sin miedo a ser descubiertos, no había nada malo en ello. Es más, a la gente le parecía hasta interesante lo que hacíamos, aunque muchos no lograran entenderlo.

Como cada lunes, esa tarde salí de casa con un paquete en mis manos y con un solo destino en mente: esa habitación. Por supuesto, tenía que asegurarme de que nadie me seguía o perderíamos inmediatamente todo lo que hasta entonces habíamos conseguido. Por eso, recorría media ciudad para ir a un edificio que estaba tan sólo a unas calles de mi propia casa. No podía dejar que nadie me relacionara con ese lugar, lo perdería todo y, lo que es peor, pondría a demasiada gente en peligro.

Aquella tarde me encontré con un par de conocidos, lo que hizo que me retrasara más de lo habitual. Cuando tienes tanto miedo a ser descubierto no corres ningún riesgo, todo está más que pensado y calculado. Por eso, cuando me encuentro con alguien que creo que puede delatarme o que simplemente puede recordar que me vio en esa zona, me alejo de allí con cualquier excusa.

Después de dar vueltas y vueltas por aquella inmensa ciudad, llegué a la puerta del edificio. La habitación del deseo era lo que se podía leer en un cartelito situado al lado del timbre correspondiente al quinto derecha. Sin pensármelo demasiado, llamé. No podía dejar que nadie me viera allí después de haberme tomado tantas molestias para pasar desapercibida. Tenía que dar una contraseña para acceder al piso al que me dirigía. Pero cuando al fin lo hice empecé a sentirme un poco más segura.

- ¿No llegas un poco tarde hoy?
- Sí, lo sé. Es que me he encontrado con…
- No te habrá seguido nadie, ¿no?
- No no, tranquilo. Sabes que nunca vendría si pudieran descubrirnos.
- Lo sé, lo sé. Lo siento... es que estamos un poco nerviosos… bueno, ya sabes, están investigando demasiado últimamente. Tú ten cuidado por ahí ¿eh?
- Lo tendré, no te preocupes.
- ¿Lo has traído?
- Claro, toma – y le entregué el paquete que había llevado conmigo toda la tarde.
- Vale, aquí tienes el tuyo – y me entregó un paquete parecido, aunque a simple vista parecía algo más grande -. Nos vemos pronto.
- Eso espero.
- Y yo, hasta luego. Y ten mucho cuidado por favor.
- Lo mismo te digo - y salí de allí tan sigilosamente como había entrado.

De camino a casa, recordaba cómo habíamos llegado a esa situación. Un día, iba escuchando la radio en mi coche cuando una noticia hizo que me diera un vuelco el corazón. Al parecer, un nuevo gobierno salido como de la nada había llegado demasiado lejos con su política de prohibiciones. No sabría explicar cómo me sentí en ese momento, pero sólo de pensar en lo que me esperaba se me heló la sangre. No entendía nada, ¿es que a partir de ahora no íbamos a poder soñar?

Desde entonces, traficábamos con libros y se organizaban exposiciones, obras de teatro o conciertos clandestinos siempre que se podía. Está claro que al gobierno no le interesaba que la gente pensara, en realidad no le interesaba que hiciéramos nada que ellos no controlaran. Aunque eso lo descubrimos demasiado tarde, cuando la mayoría de la gente ya ni recordaba lo que era la imaginación, la creatividad o el mero hecho de pensar por sí mismos. Eso era lo que más nos dolía, el tener que fingir que éramos como los demás, el simular que todo estaba bien tal y como dictaban las normas del restrictivo nuevo gobierno.

Estaba perdida entre todos mis recuerdos cuando llegué a mi casa, al único lugar donde me sentía realmente segura. Sabía que eso no duraría mucho, sabía que no tardarían en controlarlo todo, incluso lo que pasaba en nuestras propias casas. Pero me daba igual, no quería renunciar a lo que me daba tantas alegrías, ni siquiera creía que debía hacerlo. Todo parecía todavía más valioso desde que estaba prohibido, sobre todo cuando eso era lo único que animaba nuestras tristes y aburridas vidas.

Era ya muy tarde pero no pude evitar la tentación y abrí el paquete. Una enorme sonrisa apareció en mi rostro nada más descubrir su contenido. Había merecido la pena el riesgo porque lo que había en ese paquete me permitiría ser un poquito más feliz una semana más. Me fui a la cama para no retrasar más ese esperado momento de leer la primera de las historias que alguno de mis compañeros había escrito durante la semana. Y así, soñando con mundos increíbles y otros igual no tanto pero igual de apasionantes, me quedé dormida como cada noche.



martes 12 de junio de 2007

Cuentacuentos (12)

El gatito correteó juguetón entre sus piernas. Lo había visto antes, ese gato era el mismo que, desde hacía unos días, merodeaba por el parquecito que había al lado de su casa.

- Hola gatito… yo a ti te conozco, ¿verdad? Sí, te he visto por aquí últimamente… ¿no tienes dueño? – y casi de repente se vio hablando con aquel animalito mientras comprobaba si tenía algún tipo de identificación, pero no encontró nada. Y así, sin pensárselo demasiado, se lo llevó a casa aquella misma tarde.

- ¿Sabes? Nunca he tenido un gato, bueno, en realidad nunca he tenido mascota y no sé por qué. A él le encantaban los gatos y siempre decía que me iba a regalar uno. Pero ahora ya no está… es curioso, ahora que me ha dejado me encuentro un gato en el parque. Qué cosas tan raras… – y el gatito se acurrucó a su lado en el sofá – Ah, claro, si tú no lo conoces. Pues… era mi novio, se llama Juan y hace un par de semanas desapareció sin más. No sé qué pasó, no sé por qué se fue, pero ya no está. Ni siquiera se llevó sus cosas, no me contesta cuando le llamo por teléfono, es todo tan raro… pero se acabó, no pienso seguir amargada por su culpa. Además, ahora te tengo a ti para olvidarle, ¿no?

El gatito dio un salto y se fue corriendo hacia la habitación. Se detuvo frente al espejo. Miraba y miraba como si intentara buscar algo, pero no había nada, sólo veía a un gatito observando su propio reflejo.

Pasaron los días y el gatito seguía mirándose horas y horas en el espejo. Como por arte de magia, un día todo cambió. Sí, sin saber cómo volvía a ser él mismo. No podía creer lo que estaba pasando pero sólo tenía una cosa en mente: ella.

- ¿Hola? Mónica, sé que estás ahí… te he oído entrar. Soy yo, Juan…

Pero lo único que vio fue a una triste gatita que se acercaba lentamente a él…








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