martes, 17 de julio de 2007

Cuentacuentos (17)

Frase de Contenedor.

La fábrica de sueños cerró por vacaciones.
Tanto tiempo trabajando, tantas horas fantaseando… era demasiado evidente que necesitaban un descanso.

Las consecuencias del cierre no tardaron en aparecer. Primero, llegó la monotonía al mundo real, todo era tediosamente igual día tras día. Sentían que les faltaba algo, pero nadie sabía exactamente qué. No podían soñar, no podían ni siquiera imaginar lo que realmente estaba ocurriendo, así que simplemente seguían con sus ahora aburridas vidas.

Mientras tanto, los trabajadores de la fábrica de sueños disfrutaban de sus primeras vacaciones. Eran felices y, a pesar de haber creado esa ilusión miles de veces para otros, nunca supieron lo que se sentía al disfrutarlo en primera persona. Como estaban de vacaciones, se dedicaron a reutilizar los sueños de otras personas y así aparecieron cantantes, médicos, poetas, futbolistas, actores… aunque otros preferían otros sueños como dar la vuelta al mundo, conseguir batir algún récord o cualquier otra cosa que supusiera un reto por pequeño que fuera.

Cuando ya llevaban una semana disfrutando de sus vacaciones, empezaron a darse cuenta de que algo iba mal, la gente ya no era igual. Pensaron en cómo había ocurrido aquello, preguntaban a unos y a otros por qué todo había cambiado y siempre tenían la misma respuesta: “No sé”.

¿Habían acabado con los sueños en tan solo una semana? Ellos nunca creyeron que su trabajo fuera tan importante para el buen funcionamiento de todo. No tardaron en darse cuenta de que la gente ya no soñaba, es decir, ya no era capaz de imaginar que podía haber algo mejor que lo que tenían y, por lo tanto, habían perdido cualquier tipo de motivación. Trabajaban mecánicamente, como por inercia, y no se relacionaban entre ellos. Necesitaban encontrar una solución inmediatamente.

Tras unas horas de reunión, dieron con la solución. El mundo necesitaba soñar, pero ellos no tenían por qué sacrificarse. Era tan obvio lo que había que hacer que, paradójicamente, tardaron en dar con ello. A partir de ese momento se turnarían para coger vacaciones y, como cada uno proyectaba sus propios deseos en los sueños que creaba, había algunas personas que, por ejemplo, soñaban con que llegara el verano mientras otros se divertían en la nieve. Así es cómo, un buen día, apareció la gran variedad de sueños que alimenta nuestras vidas día tras día.




martes, 10 de julio de 2007

Cuentacuentos (16)

Frase de Roadmaster.


Imagen: geocities.ws

Los hombros del ángel se estremecían mientras lloraba.
Al principio, ése le parecía un trabajo bastante fácil, pero últimamente se había convertido en la peor de sus pesadillas. No sólo era invisible para todo el mundo sino que no podía sentir cómo antes. Lo cierto es que todo esto estaba acabando con él. Hacía tiempo que no entendía nada… ¿si ya no sentía cómo podía estar tan triste?

Se maldecía una y otra vez por haber aceptado aquel trabajo, si hubiera sido capaz de decir “no”… Pero ahora era tarde, estaba condenado a ser un ángel para la eternidad. Ya no había solución para él, pero tal vez para otros sí. Esa idea llevaba semanas rondándole la cabeza cuando, por fin, decidió hacer algo útil con su ya maldita existencia: a partir de ese momento avisaría a futuros ángeles para que rechazaran la tentadora propuesta.

No tardó en conocer a un candidato. Era un chico de unos 20 años, le pareció tan joven… Se dedicó a seguirle a todas partes – algunos decían que incluso acechándole – para conseguir conocerlo a fondo, tenía que salvarlo a toda costa. Así supo que era un chico bastante popular, sus amigos lo adoraban, pero cuando estaba solo algo fallaba, no estaba totalmente contento con su vida.

La situación le preocupaba bastante a nuestro ángel, ya que sentía que la historia se repetía, los acontecimientos se precipitaban estrepitosamente y no había nada que él pudiera hacer para evitarlo. El chico parecía estar cada vez peor, más triste, más aislado de todo y de todos… todo se repetía sin remedio.

Un día, cuando se dirigía a casa del chico, empezó a oír la sirena de una ambulancia. Lo sabía, estaba convencido de que iba a ocurrir, ese sentimiento premonitorio le perseguía desde hacía demasiado tiempo. Así, cuando llegó a su destino, vio que el chico se había suicidado, se lo encontró de frente e intentó hablar con él, con su espíritu, pero salió corriendo asustado.

- Espera, no corras tanto…
- Déjame en paz, hace tiempo que siento tu presencia… no sabía muy bien lo que era pero…
- Sí, he estado contigo…
- ¿Por qué? ¿Qué te he hecho?
- Nada, sólo quería avisarte de que… - pero un personaje salido como de la nada le quitó la palabra.
- Ven conmigo, éste sólo te traerá problemas.
- ¡No! No le escuches por favor…

Desde la distancia, vio cómo hablaban, cómo el chico parecía estar cada vez más entusiasmado, cómo el otro le iba convenciendo poco a poco. Gritó todo lo que pudo pero no le oía, estaban como en otro mundo… Todo su esfuerzo había resultado en vano.

- ¿Decepcionado verdad?
- ¿Qué haces tú aquí?
- Sé que no es fácil, yo también he pasado por esto.
- No lo creo.
- ¿Sabes? No hace tanto tiempo, tú eras el que estabas ahí, ilusionado con la posibilidad de convertirte en un ángel.
- ¿Cómo? ¿Tú intentaste…?
- Ahora lo entiendes… pero ya es demasiado tarde…
- No es justo.
- Lo sé, pero parece que estamos condenados a cometer los mismos errores una y otra vez…

Y así fue como, aquella tarde, un nuevo ángel apareció en la ciudad ignorando que su gran ilusión no iba a tardar en convertirse en una profunda decepción.


lunes, 2 de julio de 2007

Cuentacuentos (15)

Frase de Tormenta.

La mirada que le devolvió el espejo no era la suya.
Era como si algo hubiese cambiado, había algo raro en sus ojos. Sin embargo, Julio era el mismo aparentemente: la misma ropa, el mismo cuerpo, hasta el mismo corte de pelo. Todo seguía igual, todo menos sus ojos. El color era el mismo, sí, pero parecían sin vida, vacíos, inexpresivos… era evidente que lo que acababa de presenciar le marcaría de por vida.

Se alejó del espejo, aquella imagen le causaba escalofríos. Necesitaba sentarse y pensar en lo que había sucedido, pero sobre todo necesitaba aceptar esa nueva situación. Parecía que todo eso le sobrepasaba, no era capaz de entender qué era lo que había visto, qué era lo que había sentido. ¿Iba a ser siempre así a partir de ahora?

Repasó mentalmente lo que había ocurrido. Recordaba cómo, al salir del trabajo, había visto como un coche se llevaba por delante a un niño de unos diez años y cómo el conductor se había dado a la fuga. Se paró un segundo a pensar cómo podía existir alguien tan repulsivo. Pero pronto reaccionó y fue corriendo hacía el pequeño que, tendido en el suelo, luchaba por sobrevivir.

Lo primero que hizo fue comprobar que respiraba y que tenía pulso. No sabía muy bien lo que hacía pero estaba convencido de que así conseguiría mantenerlo con vida. Acto seguido, llamó a una ambulancia. No se separó del niño hasta que, unos diez minutos después, llegaron los médicos.

Lo que vivió inmediatamente después es simplemente indescriptible. A pesar de sus esfuerzos, el niño había muerto y no había nada que hacer. Las emociones que vinieron a continuación hicieron que, por un momento, no se diera cuenta de lo que realmente estaba pasando. Primero, tuvo una sensación sólo comparable con un inmenso vacío que pronto se convirtió en la mayor pena que había sentido en su vida. Luego vino la rabia, como consecuencia de no haber podido hacer nada, y el odio hacia el conductor fugado. Llegó la impotencia para que después la tristeza volviera a apoderarse de él. Todo esto ocurrió en apenas unos segundos.

- Hola, ¿eres Julio? – dijo un extraño ser que hizo que su rostro palideciera de repente. Ese saludo le impresionó tanto que cayó en el suelo como fulminado por un rayo.

Cuando recuperó la consciencia unos minutos después lo único que vio fue al equipo médico que previamente había atendido al niño a su alrededor.

- ¿Se encuentra usted bien? Con perder a un paciente hemos tenido bastante por hoy – bromeó uno de los allí presentes.
- No creo que éste sea un tema para bromear – dijo muy serio – sólo era un niño.

Una vez que quedó claro que estaba completamente bien y que el desvanecimiento había sido sólo a causa de la impresión, los médicos se fueron y Julio decidió volver a casa y descansar. Lo cierto es que había sido un día difícil y, aunque es comprensible que ver morir a un niño es algo que indudablemente te ha de afectar, le parecía que ese accidente había sido algo más que todo eso, pero no sabía exactamente en qué sentido.

Llegó a un parque cercano a su casa. De repente, sintió que un sudor frío recorría su espalda y no tardó en entender por qué. A lo lejos, entre unos arbustos, volvió a ver a aquel extraño ser que se le había aparecido antes de desmayarse. Se acercó poco a poco, aunque el miedo apenas le permitía moverse.

- Creo que antes me estabas buscando...
- Sí, pero no te preocupes, no es lo que crees.
- Yo no creo nada.
- ¿No sabes quién soy?
- No estoy seguro de querer saberlo.
- Julio, tenemos que intentar llevarnos bien, vamos a estar juntos mucho tiempo.
- ¿Quién te ha dicho mi nombre?
- Es mi deber saberlo.
- No entiendo nada…
- Pronto lo harás. Ahora debes disculparme, tengo algo que hacer.

Y Julio vio como desaparecía poco a poco entre los árboles. Algo le llamó la atención en ese momento, y es que ese ser ya no iba sólo, había otra figura caminando a su lado. Iban de la mano, pero el segundo era visiblemente más bajo que aquél con quien había estado hablando hacía apenas un minuto. No tardó en averiguar quién era, pues justo antes de desaparecer se dio la vuelta y susurró un “gracias” que le llegó al alma. ¿Cómo era posible? Era muy parecido al niño al que había intentado salvar. Pero si ese niño estaba muerto no podía ser él…

La tarde le pareció una eternidad y aquella noche no consiguió conciliar el sueño. Revivía el día una y otra vez, pero no sacaba nada en claro. Pensaba y pensaba si lo que había visto era real o si había sido simplemente una alucinación.

- Siento haber tardado tanto. ¿Estás mejor?
- ¿Quién eres? ¿ahora vienes a buscarme a mí?
- Para nada – rió – ¿Cómo voy a llevarme a mi nuevo compañero de trabajo?

Julio se sentó en el sofá intentando comprender lo que le estaba pasando, pero tardó mucho tiempo en aceptarlo. Después de ese día siguió con su vida como pudo, pero ya nada volvió a ser lo mismo.